Los rohingya relatan su suplicio: “Tiraron a mi bebe al fuego”

12 octubre, 2017
Los rohingya relatan su suplicio: “Tiraron a mi bebe al fuego”

Un grupo de soldados avanza hacia una joven menuda de ojos marrones y delicadas mejillas. Se llama Rajuma y está con el agua hasta el pecho, aferrada a su bebe, mientras su aldea arde hasta los cimientos.
“A ver, vos”, le gritan los soldados que le apuntan. Ella está petrificada. “¡Vos!” Rajuma aprieta más fuerte al bebe contra su pecho.

En los siguientes momentos de violencia y confusión, los soldados le pegan un culatazo en la cara, le arrancan el bebe, que llora entre sus brazos, y lo arrojan a las llamas. Luego la arrastran hasta una casa y la violan en masa.
Al final del día, Rajuma se encontró corriendo desnuda por el campo, cubierta de sangre. Estaba sola: había perdido a su hijo, a su madre, a sus dos hermanas y a su hermano menor, todos asesinados frente a sus ojos.

Rajuma es una mujer musulmana rohingya, uno de los grupos étnicos más perseguidos del planeta, y ahora pasa sus días deambulando enajenada por un campo de refugiados en Bangladesh.
Me contó su historia durante un reciente recorrido periodístico que hice a los campos de refugiados, donde corrieron para salvar sus vidas cientos de miles de rohingyas como ella. El aterrador relato de lo que ocurrió en su aldea a fines de agosto fue corroborado por decenas de otros sobrevivientes a los que entrevisté extensamente y por los organismos de derechos humanos que se encuentran en la zona reuniendo evidencia de estas atrocidades.

Los sobrevivientes dicen haber visto a los soldados del gobierno acuchillando a bebes, decapitando a chicos, violando a chicas en masa, lanzando granadas de 40 milímetros en el interior de viviendas habitadas, quemando vivas a familias enteras y rodeando a decenas de aldeanos varones desarmados para ejecutarlos sumariamente.

La mayoría de los actos de violencia relatados parecen hacer gala de una brutalidad íntima y personal, del tipo que suele detonarse cuando existe una larga y enconada historia de odio étnico. “La gente se tiraba al piso y abrazaba los pies de los soldados implorando por sus vidas”, dice Rajuma. “Pero eso no los paraba: se los sacaban de encima a patadas y les pegaban un tiro. Degollaban a la gente, le disparaban, nos violaban y nos dejaban tirados inconscientes.”

Los investigadores de los organismos de derechos humanos dicen que los militares de Myanmar asesinaron a más de 1000 civiles en el estado de Rajine, quizá cerca de 5000, aunque será difícil establecer la cifra exacta, ya que el gobierno no permite que la ONU ni nadie más ingrese en las zonas afectadas.

Peter Bouckaert, un veterano investigador de Human Rights Watch, dice que existen crecientes evidencias de matanzas organizadas, como la que relata la sobreviviente Rajuma, en las que los soldados del gobierno masacran de forma sistemática a grupos de más de 100 civiles en cada lugar. Para Bouckaert, se trata de crímenes de lesa humanidad.

La oficina de derechos humanos de la ONU dijo que las tropas del gobierno atacaban “casas, campos, depósitos de alimentos, cosechas, ganado y hasta árboles”, para que sea “prácticamente imposible” que los rohingyas vuelvan a sus hogares.

El ejército de Myanmar argumenta que se trata de una respuesta al ataque de milicias rohingyas del 25 de agosto y que sólo hicieron blanco en los insurgentes. Pero según decenas de testigos, casi todos los muertos eran aldeanos desarmados, y a muchos de ellos los tenían atados de manos.

Las imágenes satelitales revelan que las aldeas incendiadas fueron 288 y que de algunas de ellas no quedó en pie ni una sola casa.

De manual

Los organismos de derechos humanos dicen que las tropas del gobierno tienen un único objetivo: borrar por completo a las comunidades de rohingyas. En las últimas semanas, esa destrucción despiadada empujó a más de medio millón de personas a buscar refugio en Bangladesh. Funcionarios de la ONU dicen que la campaña contra los rohingyas es un “ejemplo de manual” de limpieza étnica.

Hasta estas costas de Bangladesh, al norte de la Bahía de Bengala, la marea amarronada trae casi todas las noches los cuerpos de chicos, hombres y mujeres ancianas que intentaron escapar en embarcaciones que no soportaron la travesía, con las caras abotargadas por el agua de mar.

Rajuma apenas logró llegar a Bangladesh en un bote de madera, hace un par de semanas. No sabe leer ni escribir. No tiene un solo papel para demostrar que es quien dice ser ni que nació en Myanmar, lo cual puede constituir un problema si decide acogerse al estatus de refugiada en Bangladesh, que se muestra reticente, o incluso si intenta volver a su hogar en Myanmar. Rajuma cree tener alrededor de 20 años, pero parece de 14: su delgadez es extrema y sus brazos parecen escarbadientes.

Cuenta que creció en una plantación de arroz llamada Tula Toli, en el estado de Rajine, en el oeste de Myanmar, y que en ese lugar nunca hubo paz.

Los dos principales grupos étnicos de su aldea -los budistas rajines y los musulmanes rohingyas- eran como dos aviones que nunca debían cruzarse: distinta religión, distinto idioma, distinta alimentación y una inveterada desconfianza. A pocos minutos de la casa de Rajuma habitaba una comunidad budista, pero jamás cruzó palabra con ninguno de ellos.

“Nos odian”, dice.

Azeem Ibrahim, un académico escocés que publicó recientemente un libro sobre los rohingyas, explica que gran parte de esa animosidad se remonta a la Segunda Guerra Mundial, cuando los rohingyas pelearon del lado de los británicos, mientras que los rajines budistas lo hicieron a favor de los ocupantes japoneses. Ambos bandos masacraron civiles.

Tras la victoria de los Aliados, los rohingyas esperaban lograr su independencia o anexarse a Paquistán Oriental (actual Bangladesh), también de mayoría musulmana y étnicamente similar a los rohingyas. Pero los británicos, deseosos de congraciarse con la mayoría budista de Myanmar, decretaron que las áreas rohingyas formarían parte del flamante Myanmar independiente (por entonces llamado Birmania), y condenaron a los rohingyas a décadas de discriminación.

Los líderes de Myanmar muy pronto empezaron a despojarlos de sus derechos y a acusarlos de las penurias del país, asegurando que los rohingyas eran migrantes ilegales de Bangladesh que habían robado sus mejores tierras.

Algunos influyentes monjes budistas incluso decían que los rohingyas eran la reencarnación de serpientes e insectos y que debían ser exterminados.