La terrible venganza de Genghis Khan contra China: el guerrero que odiaba de forma obsesiva las ciudades

14 septiembre, 2018
La terrible venganza de Genghis Khan contra China: el guerrero que odiaba de forma obsesiva las ciudades

14 SEP (EFE).- Durante siglos, los distintos reinos chinos disfrutaron incentivando la tensión y la división entre las tribus nómadas que afilaban sus armas al noroeste de su territorio, detrás del desierto de Gobi. Sabían que si las tribus nómadas se organizaban algún día, si finalizaban las guerras entre ellos, su fuerza destructiva podía barrer a cualquier nación. Tras la muerte de su padre y la disolución de sus tropas, el hijo de un caudillo mongol, Temudschin, sufrió en su infancia la inestabilidad que se vivía en Mongolia y la impotencia de ver a familiares pisándose los unos a los otros en la estepa.

El futuro Genghis Khan se prometió unificar a su pueblo para vengarse de las ciudades del mundo, pues aborrecía a todos los seres humanos que se habían acomodado entre muros de piedra y habían olvidado la satisfacción de vivir con poco al aire libre. Las ciudades debilitaban el espíritu del guerrero y China pronto lo iba a comprobar.

El joven luchó por la supervivencia de su familia durante décadas y se abrió camino por Mongolia a base de alianzas, traiciones y, sobre todo, combates. De las 40.000 tiendas que llegó a tener su padre, el joven mongol pasó a contar con un ordu apenas capaz de defender su propio ganado. Armado con arco y flecha y vestido con un humilde abrigo de cebellina, Temudschin congregó bajo su tienda a las nuevas generaciones de las estepas que acudieron, raudos y veloces, al clamor de un caudillo cuya ambición era eterna. Como narra Michael Prawdin en su clásico libro «Gengis Kan y sus sucesores: Apogeo y decadencia del Imperio mongol», le ayudó en este ascenso una inteligencia fuera de lo normal y el apoyo de Toghrul Kan, un antiguo aliado de su padre, que financió sus expediciones contra los merkitas y otras tribus dedicadas a la rapiña.

El Hijo del Cielo
En medio de su ascenso de popularidad, se extendió la leyenda de que después del gran consejo del Eterno Cielo Azul vendría un héroe de nuevo a unir todas las tribus mongolas y vengarlas de sus enemigos. 13.000 hombres se congregaron pronto en torno a este héroe, el cual exigió en su uluss disciplina y un manejo perfecto del arco en unidades cerradas. El resultado a nivel militar fue que, a pesar de luchar casi siempre contra ejércitos más numerosos, salió victorioso a lo largo de su vida de todas las batallas a excepción de dos.
Una de estas excepciones fue, precisamente, frente a Toghrul Kan, que en su vejez se dejó influenciar por uno de sus hijos y otros advenedizos para atacar a traición a Temudschin, quien siempre se mostró respetuoso hacia su «padre adoptivo». Derrotado y arrastrado a los confines del imperio que estaba en ciernes, Genghis Khan ideó una estratagema, para lo que envió a dos hombres de su confianza, cansados y hambrientos por los rigores del viaje, a anunciar a su enemigo que los mongoles se rendían ante los keraitos. El confiado ejército de Toghrul Kan, que se disponía a recibir con festejos los restos del ejército de Temudschin, fue atacado por Genghis Khan y sus jinetes tras una cabalgada que se extendió día y noche. El señor de los keraitos se vio obligado a huir, mientras divisiones enteras de su ejército se cambiaban de bando para salvar la vida.

La caída de este reino y la anexión posterior de los países de los naimanos y los ongutas dejaron al Khan como dueño y señor de todos los territorios al norte de China. Un reino de 15.000 kilómetros de este a oeste, desde Altai hasta los montes Shingan. Treinta y un pueblos con más de dos millones de hombres fieles. Para cuando los chinos se dieron cuenta de la amenaza, era demasiado tarde: ya no quedaban tribus que sobornar para enfrentarse al poder de Genghis Khan.

Si bien el Emperador chino, el anciano Tschang-tsung, fue informado hacia 1206 de que un caudillo mongol había logrado unificar bajo su mando a 400.000 jinetes y se había proclamado enviado del cielo; lo cierto es que hizo poco para aumentar sus defensas. El Emperador chino era demasiado viejo, confiaba en que el desierto de Gobi, la frontera y la Gran Muralla china le protegieran, además de que Genghis Khan era formalmente un funcionario chino, esto es, un guardián de la frontera.

Para cuando los chinos se dieron cuenta de la amenaza, ya no quedaban tribus que sobornar para enfrentarse al poder de Genghis Khan
No obstante, el Hijo del Cielo planeaba conquistar el mundo entero, incluida China, que estaba dividida en el siglo XII en cuatro reino. Él sí se preparó para la guerra. Sus leyes, recopiladas en la Yassa, reestructuraron la sociedad tribal de los mongoles y otorgaron al nuevo imperio un estricto código de conducta, donde el robo de ganado se pagaba con la muerte y la guerra lo dictaba todo. Cualquier hombre desde los 15 a los 60 años quedó obligado a servir en la lucha, mientras las mujeres gozaron de derechos inéditos en el resto de Asia para gestionar el patrimonio familiar y contribuir, a su modo, a las futuras campañas.

El duro hueso de Pekín
En la primavera de 1211, el Khan convocó a todos los hombres en condición de empuñar un arma y se dirigió hacia el Imperio Chin. Después de lanzar con éxito un ataque de distracción con su vanguardia, el ejército principal mongol cruzó el desierto y bordeó la Gran Muralla china sin perder un solo hombre. Las defensas ancestrales de la civilización oriental se mostraron desfasadas ante un peligro novedoso. En el primer encuentro entre chinos y mongoles, fue aniquilado el mejor ejército del Emperador, cuyas apretadas filas de infantes recibieron una lluvia de flechas de los jinetes nómadas antes de que tuvieran tiempo de cargar. Así, la provincia de Tschi-li, una de las doce que formaban ese imperio, quedó a merced de los nómadas sin apenas pérdidas.

Cuestión aparte fue Pekín, frente a cuyos imponentes muros Genghis Khan se preguntó cómo podría hincarle el diente. Los chinos ya eran conscientes de que su única esperanza de sobrevivir estaba en la incapacidad de los mongoles para organizar un asedio efectivo, si bien creían que el caudillo bárbaro se contentaría con aquella campaña de pillaje. Los chinos no conocían a su rival.

El gran Khan no era un nómada cualquiera. Sin los medios para atacar Pekín, el líder mongol aprovechó la tensión entre los distintos reinos chinos para hacerse fuerte. Al noroeste logró el vasallaje que Chitán, el país de origen de los Liao, una dinastía que había reinado en buena parte de China. Los llamados «bárbaros del norte» por Chin enseñaron a los mongoles el arte del asedio y permitieron a los mongoles tomar una a una las ciudades de la provincia de Tschi-li. En lo referido a las batallas campales, Temudschin se impuso en reiterados lances y únicamente tuvo un tropiezo, la segunda y última derrota de su vida, cuando cerca de Pekín fue atacado por sorpresa por el eunuco Hu-scha-hu. A partir de ese día, el aura de imbatible acompañó al mongol y a sus generales.

En su avance por China se mostró inmisericorde. Asolaba por completo ciudades, transformaba en desiertos ricas provincias y no dudaba en matar a todo ser viviente que no le fuera de utilidad, en concreto, solo perdonaba a los artesanos, mujeres y esclavos robustos. No en vano, los cronistas persas contaban que acostumbraba a hervir con vida a sus enemigos y que con el cráneo de uno de sus rivales se hizo una copa engarzada en plata que llamaba «la Ira de Khan». Preguntado sobre el mayor placer de la vida, respondió en cierta ocasión:

«¡La mayor felicidad en la vida humana es vencer a los enemigos y perseguirlos! ¡Cabalgar sus caballos y quitarles todo lo que poseen! ¡Hacer que vean, bañados en lágrimas, los rostros de los seres que les fueron queridos y estrechar los brazos a sus mujeres e hijas!».

Hacia la primavera de 1215, el general encargado de la defensa de la ciudad, Wan-yen, escribió una carta a su emperador para disculparse, se despidió de sus familiares y se suicidó con verano
En su mayoría cuentos y leyendas para asustar a los niños e ilustrar la crueldad de Genghis que, en verdad, era un hombre que usaba la violencia siempre en un sentido práctico, no por sadismo o satisfacción personal. Si arrasaba todo a su paso lo hacía porque quería recordar al pueblo chino que sus dirigentes les habían abandonado para esconderse en las fortalezas. Como ellos habían hecho durante siglos con las tribus nómadas, el líder mongol quería dividir a la nación china y enfrentarla a su Emperador.

La caída del gigante
Para cuando Genghis Khan firmó una tregua con Chin, en 1214, tres años después de su primera invasión, Pekín era una isla fortificada en un mar de tierras mongoles. Su repliegue a las estepas solo obedeció a la necesidad de rearmarse para atacar Pekín en condiciones, puesto que tanto le preocupaba conquistar la capital como el lograr autoridad para mantener bajo su control a 50 millones de alma chinas. Así y todo, la paz solo duró unos meses y, cuando el Emperador chin, fugado de Pekín, reanudó la lucha, Genghis y sus tropas cercaron la capital y rechazaron, uno a uno, los ejércitos de socorro enviados desde el sur. Hacia la primavera de 1215, el general encargado de la defensa de la ciudad, Wan-yen, escribió una carta a su Emperador para disculparse, se despidió de sus familiares y se suicidó con veneno. Poco después, la ciudad era saqueada por los mongoles.

Durante el verano de 1216, Genghis Khan regresó hacia su ordu, en el Onón, cargado con los tesoros chinos y un enorme bagaje. A su espalda dejó como gobernador del Imperio Chin, de Corea al reino de Liao, a uno de sus generales de más confianza, Muchuli, junto a 23.000 mongoles y 20.000 tropas chinas. Antes de separarse, el nuevo Señor de Asia le dijo a su comandante:

–He vencido a los territorios situados al norte del monte Hoschan; haz tú lo mismo con los territorios situados al sur.

Así lo hizo, en lo que fue una lenta y costosa campaña hasta que China entera cayó en manos mongolas. Incluso tras la muerte de Genghis Khan aún una parte del país seguía resistiendo. Se estima que para someter todo el territorio los nómadas causaron diez millones de muertos en cuarenta años de guerra con China. No en vano, los supervivientes, cerca de 40 millones, vivieron bajo el ala de los mongoles una auténtica edad de oro para su civilización. Yeliu-Tschutsai, antiguo astrólogo y mago de la raza de los Liao al servicio de Khan, trazó las líneas maestras de una administración efectiva, una justicia homogénea que reglamentaba los pesos y medidas, limitaba el poder de los gobernantes legales y, como consecuencia, propició lo más parecido a un comercio global en la Edad Media. Con el imperio en su cénit, los comerciantes asiáticos y europeos pudieron mover sus mercancías de Corea a Bulgaria sin sufrir ataques.