Jack Lamb, el espía que vino de la tienda de bocatas

14 septiembre, 2018
Jack Lamb, el espía que vino de la tienda de bocatas

14 SEP (EFE).- Hay un momento en la acción sucia y precisa de Caballos lentos en el que uno de los espías le dice a otra que están aplicando “Leyes de Londres”. Traducido al lenguaje común: siempre paga alguien. Asegúrate de no ser tú”. Esta visión despiadada del día a día de los servicios secretos es solo un ejemplo de las virtudes de esta novela de espías que no se parece a ninguna novela de espías. El escritor británico Mick Herron inició con esta historia, que ahora publica Salamandra Black con una excelente traducción de Enrique de Hériz, la serie de Jack Lamb, un borrachuzo, fumador empedernido, obeso y flatulento irremediable del que poco sabemos más allá de que por alguna razón ha caído en desgracia, que su pasado fue glorioso o al menos no tan gris y que es mucho mejor agente de lo que puede parecer a simple vista.

Pueden leer aquí el primer capítulo de Caballos lentos.

Pero, ¿de qué va todo esto? La novela se inicia con la caída en desgracia de River Cartwright, un joven agente que lo tenía todo para triunfar, incluido un abuelo que fue el jefe del tinglado. Pero el bienintencionado Cartwright lo estropea y termina en La casa de la ciénaga, un reducto de perdedores de la peor clase, adictos a la soledad, a internet o al sexo, gente que se suponía que no tenía que haber ido por ese camino. Y al frente de esa ciénaga, de esa agencia en la sombra, se encuentra Jack Lamb, un personaje único, escondido entre las tinieblas de su trabajo, del que Herron nos va contando cosas, pocas, muy poco a poco.

El propio autor confesaba en una entrevista en The Guardian que no sabía realmente mucho del pasado del personaje. “Un comentario que hace su colega, Catherine Standish, en Real Tigers (cuarta de la serie) –”cuando derribaron el muro de Berlín él se construyó otro y desde entonces vive tras él”– podría ser la mayor pista que se me ha permitido para atisbar su verdadera naturaleza: que todo lo que Lamb es, o aparenta ser, es sólo un disfraz más”, contaba.

No importa. De su mano, casi siempre grasienta por efecto de los bocadillos que engulle, paseamos por las cloacas del sistema para tratar de resolver un caso que, si bien sirve de excusa para presentarnos este mundo, está muy bien contado. En resumen: unos descerebrados de extrema derecha secuestran a un británico de origen paquistaní para decapitarlo frente a las cámaras e iniciar la contraofensiva ante el terrorismo islámico.

Sobra decir que nada es lo que parece y que lo que se inicia a partir de esta pequeña trama es un despliegue de envidias, rencores, ambiciones y secretos al más puro estilo de las mejores novelas de espías. Hay acción pero no escenarios internacionales (que tanto me gustan en John Le Carré, Charles McCarry, Olen Steinhauer o Daniel Silva ). Tampoco hay glamour. Nada de eso se echa en falta ante el relato de la cotidianidad y las miserias del día a día de un espía. Algunas ideas contundentes reflejan el buen conocimiento que el autor tiene de este mundo. Me gusta cuando afirma que el juego favorito de las agencias es reescribir la historia o que todos los espías bajan al pozo y se prostituyen sigilosamente.

Pero esta novela no sería nada de lo que es sin el sentido del humor que desprende, sin el sarcasmo en el que se regodea, sin la inteligencia de los diálogos y la presencia de Lamb.

Hay dos buenas noticias para los aficionados al espionaje. La primera es que parece que el género vive un nuevo auge. La segunda es que Herron forma parte de esa efervescencia. Hay cinco novelas escritas sobre Jack Lamb y la serie no está cerrada. Tenemos gran espía para mucho rato.